lunes, 24 de diciembre de 2007

El país de los tipos duros


Una de las razones por las que hay que leer a Cormac McCarthy es que, si no el próximo año, que quizá le toque a Bob Dylan, al siguiente le dan el premio Nobel. Cornac McCarthy es el autor que siempre está en las quinielas y, pese a eso, no es un autor desconocido: actualmente las estanterías de todas las librerías están repletas de ejemplares de La Carretera, su última novela, ganadora del premio Pulitzer y a la vez best seller. McCarthy (1933) es considerado uno de los grandes de la nueva narrativa norteamericana, y novela tras novela, se afianza como el narrador de referencia de su generación. Poco a poco ha ido raspando su estilo y ha pasado de las grandes imágenes evocadoras a una narración descarnada en la que lo que importa es la sucesión de actos, deteniéndose cada vez menos en los escenarios, pues como saben todos los escritores, las imágenes, cada vez más, las pone el cine. En No es país para viejos la historia pasa de una escena a otra, en lugar de con el clásico fundido a negro, con explosiones de luz, para detenerse de repente a narrar con una exactitud puntillista, repleta de detalles, las acciones casi obsesivas de unos individuos encerrados en habitaciones de motel. La narración se mueve y avanza con gestos bruscos, mediante sobresaltos y jadeos. Otra de las razones son los diálogos cortantes, secos, sin guiones.

La historia es la de dos animales luchando por un trozo de carne. Llewelyn Moss encuentra entre los restos de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, en medio del desierto de la frontera de México con los Estados Unidos (alrededores de El Paso), un maletín con dos millones de dólares. En ese momento comienza su huida perseguido por Anton Chigurh, ser humano destinado a matar, a su vez perseguidos por una autoridad desencantada e impotente. Moss y Chigurh luchan por el dinero (uno porque dos millones de dólares nunca vienen mal, otro porque es su oficio), se persiguen, se disparan a bocajarro con escopetas a las que les recortan el cañón, sangran, se alojan heridos en moteles a lamerse y vendarse las heridas y vuelven a la carretera. Todo son gestos bruscos, jadeos y el polvo que levantan las Pick-Ups por el asfalto de la frontera: tierra de nadie. Son leones viejos en la sabana africana: si no matan no comen. Las cebras viejas y heridas son comidas. Una novela de tipos duros, como Clint Eastwood cuando hace de tipo duro. No es raro que sean los hermanos Coen los que hagan la película y que Anton Chigurh esté interpretado por Javier Bardem.

En la página 179 Moss le comenta a una autoestopista, cuando se acerca el final, en el mejor pasaje de la novela, que lamenta no haber empezado antes. Lamenta no haberse embarcado antes en una aventura que lo hace revivir, como contrapunto al viejo sheriff Bell, cuyos monólogos interiores frenan la desbocada acción, sobre todo en las páginas finales, que poco a poco se ha ido apagando en un país que ha cambiado mucho en las formas y en el fondo y para él ya nada es como era antes.



***

-Estoy leyendo el libro de Aloma

-¿La hija de Antón Castro?

-La misma

-¿Y qué tal?

-Si te gustan las frases cortas y que la prota enseñe las tetas, bien.

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